Como detesto Viña del Mal. Puedo pasar un día entero en Santiago de Chile con 31 grados a la sombra, correr trece cuadras con tacos, terminar con mis pobres pies llenos de ampollas (aunque no sangrando como en otros tiempos y otros lugares), viajar horas en un metro atestado de gente descortés, convivir con la impersonalidad de la big city y nada de eso me es tan desagradable como pasar cuarenta minutos en la "ciudad jardín". Sus calles tan pulcras, su estero asqueroso donde es fácil imaginar los nidos de pericotes aunque sólo salgan de noche, sus restoranes elegantes, sus avenidas con árboles, su puta vida residencial, su gente de mierda. Como detesto Viña, esa siamesa pituca de mi bello Valparaíso, paraje donde el "hola" está siempre en la punta de la lengua, donde se puede caminar tranquilamente desde el barrio Puerto hasta el Almendral con el sol pegándote en la espalda y sentarse frente al congreso (a pesar de él) en un banco bajo unos jacarandás que aún no florecen para fantasear que estamos en otoño y acariciar a un gato tan callejero como cualquiera pero con una bella cara de león africano, gris y sucio como para pensar presentárselo a la Lulux ahora que no vale la pena. Tomar el sol sentadas allí, pensando porqué los hombres se comportan como se comportan, tomando un agua con poco gas y un poco tibia, desechando cualquier oferta de cualquier vago del sector. Después volver atravezando la feria de antigüedades y de nuevo repetir la escena donde simulaste no verlo sentado ahí leyendo un libro, haciéndome la tonta, mi gran especialidad, fabricando un globito con mi chicle de menta de puro nerviosa que me pongo de saber que él está ahí o a algunos kilómetros a la redonda, o que habita la misma ciudad, que recide en esta misma tierra. Cosas que nunca jamás podría sentir en Viña del Mal.
0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home